Ya lo había visto un par de veces ensimismado, algo aislado en sus pensamientos o siguiendo el caminar de algún bichillo por el suelo. Lo del viernes me hizo sonreír y confirmar mis suposiciones.
Estaba la mañana algo fresca, aún es febrero, y el viento del nordeste soplaba a ratos asustando a las primeras hojas que se atrevían a asomarse -tiernas y cohibidas- a este barrunto de primavera. Antes de doblar la esquina ya sentí un alboroto mayor en el gorjeo de esas decenas de gorriones que inunda el aire a esa hora. Ya a la vista del patio anchuroso encontré la razón. Era día de carnaval. Por allí se confundían en pacífica convivencia Zorros y Piratas, Hadas y Princesas, Supermanes y Cowboys, Conejitas y Brujas Avería. Sólo levantan unos palmos del suelo pero era su momento de asueto tras el levantarse más temprano, disfrutar, o no, del disfraz, soportar el maquillaje, siempre bienvenido, las fotos en grupo y ahora, en el recreo, volver a su rutina de merendillas y juegos, olvidados casi de los disfraces, algunos ya en lamentable estado.
Lo volví a ver. Quizás era la primera vez que contemplaba a un Hombre de las Cavernas con gafas, a un Troglodita menudo, con el impecable corte de pelo que le dieron unos días antes. Le habían dibujado solo unos parches de colorete en las mejillas y eso realzaba la delicadeza de su cutis algo pálido, de su negro, ¿o tal vez solo castaño oscuro? pelillo y su expresión de filósofo menudo o poeta en agraz. Llevaba con dignidad y paciencia su taparrabos de puro leopardo sujeto con un cordón de pasamanería a la cintura y con buen criterio maternal, su no muy atlético torso iba cubierto por un jersey color carne de cuello alto. Calzaba unas botas postizas de imitación piel que le llegaban casi a las rodillas e iba abrigado con unos pantys de lana también de color carne. Perfecto el tipo. No me lo imaginaba yo de caza del bisonte sino más bien embadurnando la pared de su cueva con perfiles de gacelas.
Como otros días, estaba un poco aislado de la barahúnda, del polverío y de las carreras de sus amigos. Tampoco participaba de los apacible juegos de sus compañeras. Miraba muy quieto a la copa desnuda de uno de los árboles del patio de donde tal vez había volado un pajarillo o tal vez aplicaba su imaginación a la nube que se dehilachaba por poniente.
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